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26 de octubre de 2012

Tregua

Luz de fuera indefinida y sin mensaje.
Silencio gris que la cubre.
Yo observando el espectáculo sin nombre,
sin palabras,
que es la vida esta mañana.

Vibran pálidas las hojas en el parque
tras la firme autoridad de los cristales,
y susurran al inmóvil escenario
secretos,
peligros que me acechan
desde algún lugar que no está lejos.

Hoy no entiendo lo que dicen.
Y no temo.

No pretendo absolutamente nada.

22 de octubre de 2012

Escapando (2011)

Escueces todavía, muchas noches y alguna que otra mañana, cuando adivino tus ojos en el techo de mi mundo y te miro mirarme. Este techo sombrío y áspero que me trae el pasado en tus arrugas y me aleja un instante de mí misma. Mi guarida. Mi tormento.

Me viene a ratos, sólo a ratos, el olor de la escapada, cuando cierro las puertas con tiento y los ojos con fuerza, y la boca y los puños y el corazón con escarcha. Pero escarcha de invierno que abriga, y abriga digan lo que digan. A mí me templa con recuerdos de otros años, que por ser pasados, por eso del estúpido autoengaño consentido, son mejores, como lo son también los que están aún por venir. Presente sucio, efímero, olvidado.

Pero la memoria si es bonita sólo templa, no calienta, que a mí el calor sólo me llega cuando duele. Cuando entre todo el caos, el sexo, el egoísmo, entre la lucha, el teatro y las mentiras, entre las risas sinceras y fingidas, hay pinchazos. Y la aguja se evapora entre tus manos, porque estos meses te ha tocado ser mi héroe. Y sonríes, me sonríes, más real que lo real por un segundo.

Así es mi vida ahora, aquí y en este año. Así me paso los días. Escapando. Del mundo contigo o de ti con el mundo. O de ambos, viajando con mi cabecita loca, en los pocos descansos, por un futuro abstracto en el que un canal de Ámsterdam me tienta enormemente.

11 de octubre de 2012

Noche (2010)

Me dejé el fuego y los enigmas en el fragor de la noche. Su nombre, sus ojos en sombra, su boca interrogante y aquel botón —sobre todo aquel maldito botón de su blusa— dejaron de atormentarme tras el último trago. Porque sabía que esos pasos siguiéndome hasta el baño serían suyos. Sabía que un cerrojo oxidado y mudo nos concedería otra piel unos minutos, y ese sabor a placer y olvido de las bocas anónimas, y ese bendito anonimato sin apellidos ni edades ni compromisos que tan bien conocía a esas alturas (lo cierto es que había aprendido a admirarlo).

Buscábamos lo mismo, me lo chivó el cigarro muy bajito con su tercera mirada, desvaneciéndose al acto el misterio y las palabras. Ya sólo fue alcohol, protocolo nocturno y ese frustrante botón.

Tristemente intuyo que no habría sonrisas, ni tan siquiera molestia por fingirlas con la puerta ya cerrada y las manos impacientes. Supongo también que no tardaríamos en callar ese silencio hiriente con los besos, porque querríamos consuelo, no verdades, y el silencio es a menudo demasiado sincero.

Quizá —quién sabe— me dijera adiós con un beso más largo y un breve vistazo. Da igual. Con despedida o sin ella, no tengo reproches. Nos entendíamos. Y por supuesto, sabíamos de antemano que hoy el despertar sería amargo: amnesia, cefalea, y una soledad abrumadora.

3 de octubre de 2012

Grandes noticias en pequeños sitios (2010)

Mil tristezas llega a mí de pronto desde el fondo de una lágrima, en el bar de cada viernes.

Llega el violín primero y se enreda entre el bullicio. Acaricia la tensión. Se desliza mansamente por el humo estancado. Viene después la guitarra y se encaja en mi garganta, y presto duelen las cuerdas así que me callo. Contrabajo, piano, batería… y se monta una clímax digno de Almodóvar.

Yo me limito a escuchar, pasmada —Malikian en mi espalda y a unos metros de mí, mi vida—, y me asombro de lo raro de la escena: un bar de barrio con servilleteros de Coca-Cola y en una hojita arrugada, menú del día.

Definitivamente, cualquier lugar es apto para el drama.