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27 de septiembre de 2016

Atenas. Primer contacto.

Atenas, lugar extraño. Ciudad de grises, de esperanza, de cansancio.

Vengo a perderme en estas calles decadentes por los olvidados, para no olvidarlos.
Para olvidarme a mí.

Tal vez para encontrarnos en el medio. 

En el miedo.

En un punto irreal y necesario donde este abismo entre yo y ellos sea charco.
Remanso de agua turbia, menguante y estanca
que salto en una calle de Exarchía 

de camino a su refugio.

5 de junio de 2014

Todo lo de después

Te debo las horas muertas 
y el agotador recuento de cada paso nuestro.

Te debo la duda renaciente,
la puerta abierta de nuevo
ante la implacable llamada
de los antiguos miedos
que debieron de quedar colgando
en la caída.

Te debo la angustia
de mi amor muriendo
sin saber muy bien por qué,
pero determinadamente.

La decepción tan honda en el principio,
la contención, el eterno insulto.
El orgullo, tan herido, tan pesado.

Te debo la rendición, la redención,
la palpitante calma en ello y desde entonces; 
la claridad que vino con el tiempo,
cuando amainó el desencanto.

Te debo, por supuesto,
todo lo que gané queriéndote
aun con la punzada del "ya no será".

Todo lo de después.
Te debo el haberte ido,
ese adiós libertador,
aquel portazo.

Todo lo de después.
Te debo el haberte ido.
Todo lo que podrá ser por que te fueras.

10 de febrero de 2013

Paréntesis

Me envuelve de repente el sinsentido de estas horas que prometían tarde y sin querer son noche. Y no busco razones ni orden ni busco nada más allá de las líneas que me acompañan de vuelta. Todo teñido de absurdo por este tiempo imprevisto: una propuesta impulsiva, unas urgidas cañas, la conversación decisiva de lo que soy ahora mismo.

Aquel negro en la esquina del metro que ha adornado mis pasos con su música extraña me va llenando el recuerdo, como lo llenan mis pasos de hace unos segundos.

Voy prácticamente pisándome el pasado, mi pasado inmediato, como una infalible sombra, mordiéndome mi presente, silenciosa, robándomelo.

Voy sobre líneas de luz, de noche y despoblada carretera, gozando del anonimato y de la absoluta ausencia —no hay preguntas, no hay respuestas, no hay palabras, no hay un ápice de certeza ni ningún pesar—.

Voy dirigida, sin que yo me dirija, hacia esa vida que entiendo al otro lado del tiempo, que borrará este otro y lo achacará a las cañas, y en unos instantes me devolverá mi nombre.

Voy hacia esa parte de mí que sí conozco y donde puede que aquel negro ya no exista. Ni las líneas, ni la ausencia, ni mi ladrón pasado.

El sabor dominándome de lo que queda en paréntesis.

Y en su cerrada niebla, este espacio sin dueño.

28 de noviembre de 2012

Su pelo

Se coloca el fuego detrás de las orejas,
que a ratos le quema y así está más cómoda…
Ese fuego rojo que le envuelve los gestos,
rojo fuego de la sangre y lo salvaje.

Injustamente le dicen caoba
―a veces le dicen y le diría yo a veces―
cuando aparece grave y disipado vagamente
por un misterio mudo que sólo sabrán sus ojos.
O su boca más seria, o su hablar distante,
o su oreja quemada y aún resentida.

Pero en mi memoria rojo;
es rojo sin duda.
Y es ahora aquí y no en otra parte.

Ese fuego, su alma;
su esqueleto, las yemas
de sus dedos cansados moldeando las llamas
a estas horas inciertas, para que no caiga

hasta que caigan los otros, y hasta las horas mismas.

26 de octubre de 2012

Tregua

Luz de fuera indefinida y sin mensaje.
Silencio gris que la cubre.
Yo observando el espectáculo sin nombre,
sin palabras,
que es la vida esta mañana.

Vibran pálidas las hojas en el parque
tras la firme autoridad de los cristales,
y susurran al inmóvil escenario
secretos,
peligros que me acechan
desde algún lugar que no está lejos.

Hoy no entiendo lo que dicen.
Y no temo.

No pretendo absolutamente nada.

22 de octubre de 2012

Escapando (2011)

Escueces todavía, muchas noches y alguna que otra mañana, cuando adivino tus ojos en el techo de mi mundo y te miro mirarme. Este techo sombrío y áspero que me trae el pasado en tus arrugas y me aleja un instante de mí misma. Mi guarida. Mi tormento.

Me viene a ratos, sólo a ratos, el olor de la escapada, cuando cierro las puertas con tiento y los ojos con fuerza, y la boca y los puños y el corazón con escarcha. Pero escarcha de invierno que abriga, y abriga digan lo que digan. A mí me templa con recuerdos de otros años, que por ser pasados, por eso del estúpido autoengaño consentido, son mejores, como lo son también los que están aún por venir. Presente sucio, efímero, olvidado.

Pero la memoria si es bonita sólo templa, no calienta, que a mí el calor sólo me llega cuando duele. Cuando entre todo el caos, el sexo, el egoísmo, entre la lucha, el teatro y las mentiras, entre las risas sinceras y fingidas, hay pinchazos. Y la aguja se evapora entre tus manos, porque estos meses te ha tocado ser mi héroe. Y sonríes, me sonríes, más real que lo real por un segundo.

Así es mi vida ahora, aquí y en este año. Así me paso los días. Escapando. Del mundo contigo o de ti con el mundo. O de ambos, viajando con mi cabecita loca, en los pocos descansos, por un futuro abstracto en el que un canal de Ámsterdam me tienta enormemente.

11 de octubre de 2012

Noche (2010)

Me dejé el fuego y los enigmas en el fragor de la noche. Su nombre, sus ojos en sombra, su boca interrogante y aquel botón —sobre todo aquel maldito botón de su blusa— dejaron de atormentarme tras el último trago. Porque sabía que esos pasos siguiéndome hasta el baño serían suyos. Sabía que un cerrojo oxidado y mudo nos concedería otra piel unos minutos, y ese sabor a placer y olvido de las bocas anónimas, y ese bendito anonimato sin apellidos ni edades ni compromisos que tan bien conocía a esas alturas (lo cierto es que había aprendido a admirarlo).

Buscábamos lo mismo, me lo chivó el cigarro muy bajito con su tercera mirada, desvaneciéndose al acto el misterio y las palabras. Ya sólo fue alcohol, protocolo nocturno y ese frustrante botón.

Tristemente intuyo que no habría sonrisas, ni tan siquiera molestia por fingirlas con la puerta ya cerrada y las manos impacientes. Supongo también que no tardaríamos en callar ese silencio hiriente con los besos, porque querríamos consuelo, no verdades, y el silencio es a menudo demasiado sincero.

Quizá —quién sabe— me dijera adiós con un beso más largo y un breve vistazo. Da igual. Con despedida o sin ella, no tengo reproches. Nos entendíamos. Y por supuesto, sabíamos de antemano que hoy el despertar sería amargo: amnesia, cefalea, y una soledad abrumadora.