Te debo las horas muertas
y el agotador recuento de cada paso nuestro.
y el agotador recuento de cada paso nuestro.
Te debo la duda renaciente,
la puerta abierta de nuevo
ante la implacable llamada
de los antiguos miedos
que debieron de quedar colgando
en la caída.
Te debo la angustia
de mi amor muriendo
sin saber muy bien por qué,
pero determinadamente.
La decepción tan honda en el principio,
la contención, el eterno insulto.
El orgullo, tan herido, tan pesado.
Te debo la rendición, la redención,
la palpitante calma en ello y desde entonces;
la claridad que vino con el tiempo,
cuando amainó el desencanto.
Te debo, por supuesto,
todo lo que gané queriéndote,
aun con la punzada del "ya no será".
Todo lo de después.
Te debo el haberte ido,
ese adiós libertador,
ese adiós libertador,
aquel portazo.
Todo lo de después.
Te debo el haberte ido.
Todo lo de después.
Te debo el haberte ido.
Todo lo que podrá ser por que te fueras.
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