Se coloca el fuego detrás de las orejas,
que a ratos le quema y así está más cómoda…
Ese fuego rojo que le envuelve los gestos,
rojo fuego de la sangre y lo salvaje.
Injustamente le dicen caoba
―a veces le dicen y le diría yo a veces―
cuando aparece grave y disipado vagamente
por un misterio mudo que sólo sabrán sus ojos.
O su boca más seria, o su hablar distante,
o su oreja quemada y aún resentida.
Pero en mi memoria rojo;
es rojo sin duda.
Y es ahora aquí y no en otra parte.
Ese fuego, su alma;
su esqueleto, las yemas
de sus dedos cansados moldeando las llamas
a estas horas inciertas, para que no caiga
hasta que caigan los otros, y hasta las horas mismas.